Llevaste a cabo las investigaciones previas para encontrar esta granja. ¿Podrías explicarnos porqué elegiste ésta?Alguien podría pensar que la elegimos por ser, de entre todas las granjas que investigamos, aquella en la que los animales se encontraban en peores condiciones; pero no es así. Todas las granjas que visité durante los meses previos eran igual de horribles. Daba igual si cumplían o no con las normativas vigentes. Sería absurdo pensar que el hecho de que cumplan las normas y, por ejemplo, las jaulas sean 5 cm más altas, haga que las gallinas vivan mejor. No buscábamos una granja especialmente horrible, ya que todas lo son. Buscábamos una granja donde pudiéramos llevar a cabo la acción de forma eficaz y conseguir rescatar a los animales más enfermos. Queríamos mostrar a la sociedad que todas las granjas son iguales, en todas viven animales enfermos, animales que sufren desde su nacimiento hasta su muerte...No hay granjas mejores ni peores: todas son granjas.
Elegimos esta porque cumplía con los requisitos necesarios para realizar un rescate a cara descubierta. Se trataba de una granja industrial, de dimensiones considerables, sin recinto vallado, con todas las puertas abiertas y con cobertura para los móviles en el interior del recinto.
Cuando realizamos una investigación, no sólo estudiamos la facilidad del acceso a la granja, aseguramos que haya cobertura de móviles o que no viva nadie en su interior, sino que también comprobamos el estado en el que se encuentran los animales (en este caso las gallinas) para comprobar su evolución, documentando todo cuanto vemos en el recinto. Una de las primeras cosas que hacemos es recorrer el perímetro exterior de la granja, donde siempre hay un contenedor de bioseguridad al que los operarios arrojan a los animales que han muerto ese día. Ver en qué condiciones se encuentran esos animales nos permite hacer un primer análisis del estado de los que se encuentran en el interior, así como saber de qué han muerto y cómo.
En una de estas visitas a la granja de gallinas, abrí el contenedor de bioseguridad mientras uno de mis compañeros se disponía a grabar el interior. El contenedor estaba ese día lleno hasta arriba. Cientos de gallinas se apilaban unas sobre otras: el hedor era indescriptible. De repente, algo se movió. Al principio pensé que una rata se habría colado en el contenedor o que los insectos que había en las que ya estaban en avanzado estado de descomposición, habrían provocado el movimiento. Pero, de repente vi que una de las gallinas abría los ojos y movía otra vez un ala. Estaba viva. No puedo descirbir la rabia que sentí en ese momento ante aquella inusticia y el horror que nos produjo a mi compañero y a mi el ser testigos de esta crueldad.
Conte, que así la bautizamos por haber sido rescatada del contenedor, había sido arrojada viva para que agonizara entre los cuerpos de sus compañeras muertas, dentro de un cubo de plástico. Inmediatamente la cogí para sacarla. Era la primera vez que sostenía en mis brazos a una gallina y, pese a su considerable tamaño, puedo deciros que pesaba menos de lo que cabría esperar incluso para un ave.
La depositamos en una zona al sol, sobre la hierba y mi compañero se ocupó de darle agua mientras yo buscaba una caja donde poder transportarla sin que se hiciera daño hasta un veterinario y, de ahí, a nuestro santuario.
Los informes veterinarios no fueron muy alentadores: se trataba de una gallina completamente descalcificada. No es que tuviera ningún hueso roto que le impidiera ponerse en pie, ni las alas dañadas que le impidieran moverlas: simplemente sus huesos estaban literalmente deshechos. Es lo que les ocurre a todas las gallinas ponedoras: la falta de luz solar, la mala alimentación, las horribles condiciones sanitarias, la falta de aire limpio, la carencia de un entorno natural...y sobre todo la puesta intensiva de huevos, hace que pierdan el calcio de los huesos muy rápidamente, llegando a este estado.
Conte no pudo ser operada, pero pasó sus últimos días en libertad. Conte no murió, o al menos, no de la forma en la que sus propietarios habían esperado. Pasó dos días al cuidado de una de nuestras compañeras, que a base de calmantes naturales y buena alimentación hizo lo posible para que sus últimos días fueran los mejores de su vida. Finalmente, una tarde se quedó tranquilamente dormida al sol: su cuerpo no aguantó más y decidió descansar para siempre en aquel lugar, tan lejos del infierno que había conocido.
El primer pensamiento que se me cruzó fue porqué esa gallina y no cualquier otra de las más de 100.000 que se hacinaban en la granja, pero fue solo un momento. Sabía la respuesta porque estaba dentro de nuestro protocolo: teníamos un número limitado de plazas para las gallinas rescatadas, por lo que salvamos a las más enfermas, aquellas que, de no ser por nuestra actuación, habrían muerto a las pocas horas o al día siguiente.
Cuando abrí la jaula para cogerla...fue una liberación. Me refiero a que no fue sólo una liberación para ella, sino que lo fue también para mí. Durante meses, en las visitas anteriores, había visto cómo su estado iba empeorando, pero teníamos que esperar hasta tener todo organizado para poder salvarlas. Marcharte de allí todas aquellas veces dejándolas en ese horrible lugar te produce un sentimiento de impotencia y tristeza difícil de describir. Sientes la injusticia que viven ellas a diario y resulta muy duro. Por ello, cuando la saqué de la jaula, fue un momento feliz para ambas.
Demencial